La vuelta de Martín Fierro II
Parece increíble. Se miraban apenados, disculpándose con la mirada constante, con el gesto bueno.
Bajo un ombú, alejado de toda realidad, un hombre vestido de puro frac y galera probó por primera vez un cimarrón (áspero a las cuerdas de quien las usa para la palabra pulcra) de manos de un gaucho bueno, de ojos inyectados o tal vez comprensivos.
Avergonzado a veces, el señor de presencia académica se inclinaba sobre la madera. El otro, de poncho al hombro pese al calor del sol y del encuentro, practicaba formas para enfrentar al intimidante señor. Por fin, pitando un chala y limpiando el caronero en la alpargata, don Martín lo inquirió con la mirada.
Sorbió el mate esforzándose por complacer a quien tanto daño había hecho y luego habló.
-Estuve visitando la pulpería de Cacho, en Mercedes. Ya había estado por esos pagos en una época proponiendo recursos ganaderos. Es la última pulpería. Ya no quedan, ¿vio? Y siento, permítame la contradicción con el pasado, cierta nostalgia. En última instancia, la Argentina era ciudad pero también era campo.
-Que haya casas sobre las casas no impide el campo, mi amigo. A pesar de lo que se suele ver, el hombre de la pampa vive más civilizado y honesto que tanto guante glamoroso.
Entiéndalo, Domingo. Esto es la civilización, que Usted y yo que no soy un gaucho malo estemos compartiendo el mate y la palabra, que yo le cebe, que usted finja gusto. Esto es civilización. Y comprenda también que la supuesta civilización impidió el progreso natural de la supuesta barbarie.
-Comprendo, Don. Entienda Usted también que la voracidad de progreso y la ferviente lucha por hacer de estar Patria un mundo brillante, llevó a los intelectuales a creer fundamentaciones que hoy resultarían irrisorias cuanto menos.
Habría que llamar a Hernández, Don Martín. Habría que volver a escribir un capítulo de la vuelta. Tenemos que lograr que ya no haya diferencias, mi amigo.
Parece increíble. Dicen que cuando Domingo leyó la obra de Hernández se sintió apenado. El tiempo hace a uno pensar más tranquilamente, ajeno al arrebato del apuro de la vida.
Por Mariano Martinelli
Parece increíble. Se miraban apenados, disculpándose con la mirada constante, con el gesto bueno.
Bajo un ombú, alejado de toda realidad, un hombre vestido de puro frac y galera probó por primera vez un cimarrón (áspero a las cuerdas de quien las usa para la palabra pulcra) de manos de un gaucho bueno, de ojos inyectados o tal vez comprensivos.
Avergonzado a veces, el señor de presencia académica se inclinaba sobre la madera. El otro, de poncho al hombro pese al calor del sol y del encuentro, practicaba formas para enfrentar al intimidante señor. Por fin, pitando un chala y limpiando el caronero en la alpargata, don Martín lo inquirió con la mirada.
Sorbió el mate esforzándose por complacer a quien tanto daño había hecho y luego habló.
-Estuve visitando la pulpería de Cacho, en Mercedes. Ya había estado por esos pagos en una época proponiendo recursos ganaderos. Es la última pulpería. Ya no quedan, ¿vio? Y siento, permítame la contradicción con el pasado, cierta nostalgia. En última instancia, la Argentina era ciudad pero también era campo.
-Que haya casas sobre las casas no impide el campo, mi amigo. A pesar de lo que se suele ver, el hombre de la pampa vive más civilizado y honesto que tanto guante glamoroso.
Entiéndalo, Domingo. Esto es la civilización, que Usted y yo que no soy un gaucho malo estemos compartiendo el mate y la palabra, que yo le cebe, que usted finja gusto. Esto es civilización. Y comprenda también que la supuesta civilización impidió el progreso natural de la supuesta barbarie.
-Comprendo, Don. Entienda Usted también que la voracidad de progreso y la ferviente lucha por hacer de estar Patria un mundo brillante, llevó a los intelectuales a creer fundamentaciones que hoy resultarían irrisorias cuanto menos.
Habría que llamar a Hernández, Don Martín. Habría que volver a escribir un capítulo de la vuelta. Tenemos que lograr que ya no haya diferencias, mi amigo.
Parece increíble. Dicen que cuando Domingo leyó la obra de Hernández se sintió apenado. El tiempo hace a uno pensar más tranquilamente, ajeno al arrebato del apuro de la vida.
Por Mariano Martinelli
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