domingo, 28 de septiembre de 2008

A-correspondencia

“La pluma es al plomo
lo que el ala a la bala…”
Luis E. Aute


Nunca más supo de ella. Si se mantuvo vivo -pensaba- fue por su amor. La única guerra que debía enfrentar se llamaba tiempo, se llamaba recuerdo; lidiaba sólo consigo, con la impotencia de no poder parar el mundo. Tantas veces Juan quiso correr, nadar, ir a buscarla. Soñaba. La imagen del escape era una perfecta representación cinematográfica en cámara lenta que todas las noches, todos los días, lo asaltaba, pero entendía que la calma era la única forma de acercarse a Buenos Aires.

Juan no sentía nada por la tierra, nada por la patria, o sí, pero él estaba ahí nada más porque la gente superior lo arrastró de la solapa. Claro que no quería ir. Las Malvinas eran argentinas de todos modos, con él gatillando a dientes apretados o con él temblando acurrucado en la trinchera, huido en la pichicera, esa cueva oscura que no podía abandonar más que en sueños de húmedos deseos. Pero una vez todo terminó y, ni siquiera, al volver, los padres de Magdalena le entregaron la carta que el adulterio había escrito.

Caminaba apresurado, despierto. No podía darse el lujo de bajar la guardia justo ahora que no se escuchaban estruendos. Esquivaba muertos tendidos en el camino sin mirar, sin detenerse, sin asombro, ya acostumbrado. Esquivaba también la imaginación fogwiliana del final desconsiderado de la pichicera, ahora venida a tumba. No pensaba en los compañeros muertos. La angustia tendría lugar sólo una vez que el peligro cesara en los brazos de Magdalena. Sólo debía llegar. La ansiedad del abrazo irrumpía por sobre el pasado ruidoso y cruento.

Una embarcación pesquera, oxidada y lenta, casi tan peligrosa como las balaceras de la isla, aunque le aseguraba el alma y le aminoraba los galopes del corazón, lo llevó de regreso. Se aseó, agradeció, bailó. Quiso disparar al cielo pero contuvo el impulso y arrojó el fusil, que bien podía confundirse con una pieza de ese barco que parecía parte del mar.

El viaje fue apenas menos largo que el tiempo de la isla, y más dilatado y tenso fue el camino hasta la casa de Magdalena. Golpeó, gritó ahogado, aturdido por su propia voz que recordaba en su cabeza, no en sus oídos. Y el mundo, esta vez sin que lo deseara, se detuvo. Magdalena no lo esperaba, Magdalena no estaba, Magdalena no lo extrañaba, Magdalena lo habría sentido muerto.

Ahora, la Magdalena, estaría feliz, indiferente al pasado, sonriendo burlona, del otro lado del mundo, abrazada a un John Smith que interceptaba sus cartas y se había propuesto enamorarla con misivas como balas.

Juan deseó ser parte del final de Fogwil, desconsiderado, incluso, por dejarlo escapar hasta la muerte.

Por Mariano Martinelli