jueves, 5 de junio de 2008

Un encuentro civilizado bajo el sol de 1880

La vuelta de Martín Fierro II

Parece increíble. Se miraban apenados, disculpándose con la mirada constante, con el gesto bueno.
Bajo un ombú, alejado de toda realidad, un hombre vestido de puro frac y galera probó por primera vez un cimarrón (áspero a las cuerdas de quien las usa para la palabra pulcra) de manos de un gaucho bueno, de ojos inyectados o tal vez comprensivos.
Avergonzado a veces, el señor de presencia académica se inclinaba sobre la madera. El otro, de poncho al hombro pese al calor del sol y del encuentro, practicaba formas para enfrentar al intimidante señor. Por fin, pitando un chala y limpiando el caronero en la alpargata, don Martín lo inquirió con la mirada.

Sorbió el mate esforzándose por complacer a quien tanto daño había hecho y luego habló.
-Estuve visitando la pulpería de Cacho, en Mercedes. Ya había estado por esos pagos en una época proponiendo recursos ganaderos. Es la última pulpería. Ya no quedan, ¿vio? Y siento, permítame la contradicción con el pasado, cierta nostalgia. En última instancia, la Argentina era ciudad pero también era campo.
-Que haya casas sobre las casas no impide el campo, mi amigo. A pesar de lo que se suele ver, el hombre de la pampa vive más civilizado y honesto que tanto guante glamoroso.
Entiéndalo, Domingo. Esto es la civilización, que Usted y yo que no soy un gaucho malo estemos compartiendo el mate y la palabra, que yo le cebe, que usted finja gusto. Esto es civilización. Y comprenda también que la supuesta civilización impidió el progreso natural de la supuesta barbarie.
-Comprendo, Don. Entienda Usted también que la voracidad de progreso y la ferviente lucha por hacer de estar Patria un mundo brillante, llevó a los intelectuales a creer fundamentaciones que hoy resultarían irrisorias cuanto menos.

Habría que llamar a Hernández, Don Martín. Habría que volver a escribir un capítulo de la vuelta. Tenemos que lograr que ya no haya diferencias, mi amigo.

Parece increíble. Dicen que cuando Domingo leyó la obra de Hernández se sintió apenado. El tiempo hace a uno pensar más tranquilamente, ajeno al arrebato del apuro de la vida.

Por Mariano Martinelli

La creación (literaria)

Murmullo general. Gente pintoresca, por así decirlo, amontonamiento de traumados, bebedores compulsivos y fumadores de todo tipo de yuyos; también suicidas románticos, cenicientas después de las doce e intelectuales raramente simpáticos. Todos vienen al encuentro y osan discutirme su protagonismo, se quejan para no terminar siendo el mejor amigo del que salva el día.
¿Sabés cómo me siento? Poderoso, creador, la envidia del que tardó seis días en construir algo semi decente. Quiero ser un benefactor, o no… mejor un dictador, terrible, con las masas gritando por mi gloria, me dedicaré a arar aquello que no sea productivo, no para el resto, sino para mí.
Y si nacés, ¿qué pasa si te mato? A nadie le gustaría eso, ni tampoco que el villano no recibiera lo que merece, ni un lecho de muerte esclarecedor sobre el significado de la vida y mucho menos esa mierda de “murió en su ley”. Dios le dio a cada uno una misión en la vida, la mía fue ser su principal competencia.
Ahora silencio. Apaguen sus cigarrillos de una vez y esas voces sombrías que hablan tan liviano sobre crímenes sexuales como de la canción más tarareada del momento. Rápido, por favor. Silencio señores, no les di la vida para que pudieran vivirla, así que su silencio sería de gran valor. ¿Quieren que los haga felices? A ninguno le gustaría eso, pero a mí tampoco me fascina que me molesten cuando escribo.

Por Iván Basso