miércoles, 2 de julio de 2008

Las Manos

La mano sobre el hombro de su hijo. Jorge se apoya por dos motivos: el primero en su ceguera, que obligó a la familia Borges a trasladarse a Suiza, el otro es para descansar de los pocos metros que separan la calle de la entrada al prostíbulo. El señor, cada tarde procura pasar y elige de entre todas a la más fea, no es joven ni su experiencia la redime, pero esa mujer a la que todos llaman Bernice solo él sabe que primero es Ethel.
Se percibe en el aire el aliento viril de cigarros y alcohol. El padre y el hijo esperan. Se apoya en el bastón mientras el otro mira la profundidad de la nada. Una mano femenina le recorre el rostro, se detiene sobre la frente y baja sobre las mejillas hasta palmearlas leve.

Yace sobre la cama reposada sobre almohadones que la cubren como a lo frágil. Un achaque más de la edad, diría la chusma. Georgie a su lado la mira y con esa mirada asiente, para luego bajar la vista y perderse en la negritud nuevamente. Un viejo amor ha enviudado, será mejor tomar el consejo de su madre y pedirle matrimonio cuanto antes.
Esta vez Leonor no va a ser quien acomode su ropa, procurando poner por encima de los trajes y los pantalones las prendas más livianos, como lo ha hecho en cada viaje de su hijo, en cada conferencia que debiera asistir. Ahora parte con Elsa que jamás le organizará tan bien su agenda, ni los medicamentos y las comidas que por prescripción médica le han ordenado. Pero al fin y al cabo se contenta al pensar que será una buena compañía para cuando ella ya no esté.
La mujer no se ha comportado muy correcta con la anciana cuando le respondió con aires de omnipotencia que ella sabía muy bien como hacer para llevar a un hombre a la cama, que no necesitaba advertirle que esa no había sido el tipo de compañía que ella esperaba para su Georgie, el mismo día que la pareja contrajo nupcias.
La dama aprieta con fuerza las palmas de su hijo. En la puerta Elsa lo escolta ajena. Al final se acerca a la cama y con un beso se despide entregando la sonrisa más amplia que su rostro le permite. Él vuelve a cerrar sus ojos, le besa la mano a la anciana y por unos segundos, la sostiene.

“Elsa, tu mano en la mía, vemos la nieve y la amamos”, escribe. El tren continúa marchando y Jorge Luis no realiza otra cosa más que leer y cuando no lo hace, escribe. También están las risas y las discusiones, los sitios interesantes, los desayunos y las cenas. Las charlas y el tiempo.
El otro día no los soportó más y con toda osadía acarició su rodilla, él, primero continuó hablando, imperturbable como siempre, hasta que sin siquiera mirarla advirtió la intención.
El rechazo le resultó degradante, se sintió ofendida, asqueada. Quiso salir del vagón para sentir el viento pero prefirió desentenderse. Intentó pensar que nada de aquello había sucedido, que no pudo percibir cuando como un animal a punto de ser cazado, su esposo tembló. Torpe fue casarse con alguien que no la deseaba y que ni siquiera tiene la voluntad de cometer adulterio porque eso sería una muestra de lívido.
Retiró sus manos y buscó las de su esposo, le sonrió con dolor y las retuvo como se las hace para aprisionar un insecto, una mosca o una libélula. Afuera la nieve cae, lenta, transportada por los vientos más serenos como si esperaran ser capturados sus copos por algún niño.

La vista se clava ahora en el empapelado. Los arabescos parecen cambiar su formato y el niño intenta aferrarse a ellos, ruega para que no se caigan sobre la alfombra después de escaparse de la pared. Jorge lo apura y lo desprende de apuntes y libros. Bernice a su lado deja de acariciarle y ahora quiere hacer negocios. Su padre se calmará pronto, porque Georgie, para entonces, ya será un hombre.
La puerta de la habitación se cierra, las manos toman el dinero y con el índice cuentan billete a billete. El muchacho espera ahora a su padre en la puerta del burdel. Mejor será estar temprano en la casa, la noche se avecina.

Por Iván Basso.

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